Parte II. La familia, imagen de la Trinidad
1.- Los padres, padre y madre
2.- La mujer, esposa y madre
3.- El hombre, esposo y padre
1.- Los padres, padre y madre
En cada aspecto de nuestra vida cristiana «lámpara para mis pasos es tu palabra, Señor». La familia cristiana, como antes la hebrea, no está fundada en corrientes de pensamiento pasajeras que antes o después se manifiestan como parciales y falsas, sino en la Revelación de Dios, en la Tradición y en el Magisterio.
Los padres: padre y madre
Los padres, padre y madre, están llamados a asumir sus papeles. Hoy se ha creado una confusión de papeles. El padre declina fácilmente su responsabilidad de educador de los hijos a la madre, sobre la que recae todo el peso de la educación de los hijos con repercusiones muy negativas. Los hijos necesitan de las dos figuras, del padre y de la madre.
Propensión a renunciar a su propio papel para ser simples amigos de los hijos
Una ulterior característica del contexto cultural en el que vivimos es la propensión de no pocos padres a renunciar a su papel para asumir el de simples amigos de los hijos, absteniéndose de llamadas al orden y correcciones, también cuando sería necesario para educar en la verdad; aún con todo afecto y ternura.
La educación de los hijos es un deber sagrado y tarea solidaria de los padres
Es oportuno, pues, subrayar que la educación de los hijos es un deber sagrado y una tarea solidaria de los padres, tanto del padre como de la madre: exige el calor, cercanía, el diálogo, el ejemplo. Los padres están llamados a representar en el hogar doméstico al Padre bueno de los cielos, el único modelo perfecto en el que inspirarse.
La maternidad implica la paternidad y, recíprocamente, la paternidad implica la maternidad
Paternidad y maternidad, por voluntad de Dios mismo, se colocan en una relación de íntima participación en su poder creador y tienen, en consecuencia, una intrínseca relación recíproca. Escribí, al respecto, en la Carta a las Familias: «la maternidad implica la paternidad y, recíprocamente la paternidad implica la maternidad: este es el fruto de la dualidad dispensada por el Creador al ser humano desde el principio» (Gratissimam sane, 7 - Carta a las familias del Papa Juan Pablo II con ocasión del Jubileo). Es también por esta razón que la relación entre el hombre y la mujer constituye el eje de las relaciones sociales: eso mientras es la fuente de nuevos seres humanos, une estrechamente entre ellos a los cónyuges, que se han convertido en una sola carne y, por medio de ellos, las respectivas familias.
Discurso del Santo Padre Juan Pablo II en la XIV Asamblea Plenaria del Consejo para la Familia, 4 de junio de 1999.
2.- La mujer, esposa y madre
En cada aspecto de nuestra vida cristiana «lámpara para mis pasos es tu palabra, Señor». La familia cristiana, como antes la hebrea, no está fundada en corrientes de pensamiento pasajeras que antes o después se manifiestan como parciales y falsas, sino en la Revelación de Dios, en la Tradición y en el Magisterio.
La mujer: esposa y madre
La maternidad, ya desde el comienzo mismo, implica una apertura especial hacia la nueva persona; y este es precisamente el «papel» de la mujer. En dicha apertura, esto es, en el concebir y dar a luz el hijo, la mujer «se realiza en plenitud a través del don sincero de sí». La maternidad está unida a la estructura personal del ser mujer y a la dimensión personal del don: «He adquirido un varón con el favor de Yahvé Dios» (Gn 4, 1). El Creador concede a los padres el don de un hijo. Por parte de la mujer, este hecho está unido de modo especial a «un don sincero de sí». Las palabras de María en la Anunciación «hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38) significan la disponibilidad de la mujer al don de sí y a la aceptación de la nueva vida.
Aunque los dos sean padres de su niño, la maternidad de la mujer constituye una «parte» especial de este ser padres en común, así como la parte más cualificada. Aunque el hecho de ser padres pertenece a los dos, es una realidad más profunda en la mujer, especialmente en el periodo prenatal. La mujer es «la que paga» directamente por este común engendrar, que absorbe literalmente las energías de su cuerpo y de su alma. Por consiguiente, es necesario que el hombre sea plenamente consciente de que en este ser padres en común él contrae una deuda especial con la mujer. Ningún programa de «igualdad de derechos» del hombre y de la mujer es válido si no se tiene en cuenta esto de un modo totalmente esencial.
La maternidad conlleva una comunión especial con el misterio de la vida que madura en el seno de la mujer. La madre admira este misterio y con intuición singular «comprende» lo que lleva en su interior.
A la luz del «principio» la madre acepta y ama al hijo que lleva en su seno como una persona [25].
Este modo único de contacto con el nuevo hombre que se está formando crea a su vez una actitud hacia el hombre —no solo hacia el propio hijo, sino hacia el hombre en general— que caracteriza profundamente toda la personalidad de la mujer. Comúnmente se piensa que la mujer es más capaz que el hombre de dirigir su atención hacia la persona concreta y que la maternidad desarrolla todavía más esta disposición. El hombre, no obstante toda su participación en el ser padre, se encuentra siempre «fuera» del proceso de gestación y nacimiento del niño y debe, en tantos aspectos, conocer por la madre su propia «paternidad». Podríamos decir que ésta forma parte del normal mecanismo humano de ser padres, incluso cuando se trata de las etapas sucesivas al nacimiento del niño, especialmente al comienzo. La educación del hijo —entendida globalmente— debería abarcar en sí la de los padres: la materna y la paterna. Sin embargo, la contribución materna es decisiva y básica para la nueva personalidad humana (Mulieris Dignitatem, 18 - Carta apostólica del Papa Juan Pablo II sobre la dignidad y la vocación de la mujer con ocasión del año mariano).
Notas
[25] El hijo vive en la fusión con la madre desde el momento de la concepción. Antes del nacimiento la simbiosis es completa: él se encuentra en el cuerpo de la madre, y vive a través de sus órganos. Pero, a partir de un cierto momento, la misma psique comienza a sentir esta simbiosis como sofocante y antivital. Empieza entonces el proceso de salida del cuerpo materno, que culmina con el nacimiento... Es necesario que tal unión vital continúe, de la manera más completa posible, todavía para bastante tiempo: con plenitud hasta los tres años, de manera menos completa hasta los cinco, para ser ulteriormente reducida hasta los siete años. Durante todos estos años, el primer septenio, la aportación de la madre a la existencia y a la formación psicológica del niño es decisiva. En la relación con la madre aprende a percibir su cuerpo, a sí mismo como ser diferenciado. Es, pues, en esa relación afectiva, que es también sensorial y práctica, llena de momentos de vida en común, que se desarrolla no solo el cuerpo del niño, sino su existencia como sujeto, y la capacidad de percibirse como tal. Además el calor del afecto que la madre tiene por el hijo, y que expresa a través de la mirada y las caricias, de todos los gestos maternos, dependerá después el amor que el hijo sentirá hacia sí mismo, su capacidad de cuidarse, de «quererse» (Claudio Risé, 0. cit. Págs. 16-17).
3.- El hombre, esposo y padre
En cada aspecto de nuestra vida cristiana «lámpara para mis pasos es tu palabra, Señor». La familia cristiana, como antes la hebrea, no está fundada en corrientes de pensamiento pasajeras que antes o después se manifiestan como parciales y falsas, sino en la Revelación de Dios, en la Tradición y en el Magisterio.
El hombre esposo y padre
Dentro de la comunión-comunidad conyugal y familiar, el hombre está llamado a vivir su don y su función de esposo y padre.
El auténtico amor conyugal supone y exige que el hombre tenga profundo respeto por la igual dignidad de la mujer:
«No eres su amo —escribe San Ambrosio— sino su marido; no te ha sido dada como esclava, sino como mujer. Devuélvele sus atenciones hacia ti y sé agradecido por su amor». El hombre debe vivir con la esposa «un tipo muy especial de amistad personal». El cristiano, además, está llamado a desarrollar una actitud de amor nuevo, manifestando hacia la propia mujer la caridad delicada y fuerte que Cristo tiene a la Iglesia.
El amor a la esposa-madre y el amor a los hijos son para el hombre el camino natural para la compresión y la realización de su paternidad.
La función del padre en y por la familia es de una importancia única e insustituible
Sobre todo, donde las condiciones sociales y culturales inducen fácilmente al padre a un cierto desinterés respecto de la familia o bien a una presencia menor en la acción educativa, es necesario esforzarse para que se recupere socialmente la convicción de que el puesto y la función del padre en y por la familia son de una importancia única e insustituible.
Como la experiencia enseña, la ausencia del padre provoca desequilibrios psicológicos y morales, además de dificultades notables en las relaciones familiares, como también, en circunstancias opuestas, la presencia opresiva del padre, especialmente donde todavía rige el fenómeno del «machismo», o sea, la superioridad abusiva de las prerrogativas masculinas que humillan a la mujer e inhiben el desarrollo de sanas relaciones familiares.
Revelando y reviviendo en la tierra la misma paternidad de Dios, el hombre está llamado a garantizar el desarrollo unitario de todos los miembros de la familia. Realizará esta tarea mediante una generosa responsabilidad por la vida concebida junto al corazón de la madre, un compromiso educativo más solícito y compartido con la propia esposa, un trabajo que no disgrega nunca la familia, sino que la promueva en su cohesión y estabilidad, un testimonio de vida cristiana adulta, que introduzca más eficazmente a los hijos en la experiencia viva de Cristo y de la Iglesia.
Misión del padre: romper la simbiosis del hijo con la madre, ayudarlo a llegar a ser adulto
La paternidad empieza desde el momento de la concepción de la nueva vida en el seno de la mujer. El padre aprende la paternidad de la maternidad de la mujer, la sigue en el tiempo de la gestación, la acompaña, la sostiene en las tribulaciones hasta el parto. Es la madre la que hace conocer el padre al niño. Al crecer, el niño conoce poco a poco la figura del padre, el cual tiene la misión de romper progresivamente el cordón umbilical del hijo con la madre, de hacerle pasar de una situación infantil a la edad adulta. A través del descubrimiento del padre, de los hermanos y de las hermanas, mejor si son numerosos, la escuela, la comunidad, el niño entra en contacto con el mundo, la sociedad, la Iglesia. En el padre encuentra un punto de referencia seguro, un apoyo, lo que lo dirige y lo ayuda a crecer como hombre o como mujer.
Para poder responder a su propia misión de padre tendrá que tomar decisiones a contracorriente
Para poder responder a su propia vocación y misión de esposo y de padre, el marido cristiano, a veces, tendrá que tomar decisiones a contracorriente.
Se sabe que ciertas haciendas y empresas tienden a implicar cada vez más sobre todo a los jóvenes y a los más dotados, cautivándolos con óptimos salarios, promociones, desplazamientos bien remunerados... Según reconocen varios sociólogos junto a la des-estructuración de la familia, el Estado y la empresa tienden a convertirse en la gran madre que absorbe poco a poco a los ciudadanos que se encuentran cada vez más solos y débiles. La exhortación a poner a la familia, el amor a la esposa y la educación de los hijos por encima del trabajo y del dinero, según se presenta en en el Camino Neocatecumenal, es fundamental para la salvación de la familia cristiana. Quizá nunca como hoy aparecen claras e hirientes las palabras de Jesús: no se pueden servir a dos señores: Dios y el dinero.
El soporte de la comunidad a la familia: llamada a la santidad
Después de todas estas consideraciones sobre el alta llamada a la vida matrimonial y familiar según el plan de Dios, y concerniente la importante misión de salvar a la familia, tan atacada y amenazada en nuestra generación, se ve cada vez mejor cómo esto no se puede realizar sin una dimensión de fe adulta. Vivir la relación matrimonial en el amor y la verdad, en el respeto de la diversidad del marido y de la mujer; en dedicación amorosa y paciente a la educación de los hijos exige una conversión constante, cotidiana, de cada día. La llamada a la santidad aparece cada vez más real también en el estado de vida matrimonial y familiar, quizás hoy más que en el estado de vida consagrada.
Por eso es evidente que todo esto es muy difícil, sino imposible, sin el soporte de una comunidad. La experiencia de más de treinta años del Camino Neocatecumenal lo demuestra, aunque esto no le quita a nadie nunca la libertad de dejar el camino y de destruir su propia familia.
Aquí podemos ver cuanto haya sido providencial que la Iglesia previese en el Directorio general de la catequesis, y aprobase en los >Estatutos del Camino Neocatecumenal<, que la comunidad pueda continuar en la formación permanente después del periodo de la elección, y tener el alimento de la Palabra y de la Eucaristía y el soporte comunitario que sostiene el combate de la conversión personal y sobre todo de nuestras familias.
**DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI A LOS MIEMBROS DEL CAMINO NEOCATECUMENAL Aula Pablo VI Lunes 17 de enero de 2011 (descarga PDF)
https://www.caja-pdf.es/2019/02/22/hfben-xvispe20110117cammino-neocatec/
**ESTATUTOS DEL CAMINO NEOCATECUMENAL (Descarga PDF)
https://www.caja-pdf.es/2019/02/22/50244408-estatuto-camino-neocatecumenal-cneocatecumenal/
CARTA A LAS FAMILIAS, AÑO INTERNACIONAL DE LA FAMILIA (Descarga PDF)
https://www.caja-pdf.es/2019/02/22/carta-a-las-familias-ao-internacional-de-la-familia--1994/
**CARTA APOSTÓLICA MULIERIS DIGNITATEM DEL SUMO PONTÍFICE JUAN PABLO II SOBRE LA DIGNIDAD Y LA VOCACIÓN DE LA MUJER CON OCASIÓN DEL AÑO MARIANO (Descarga PDF)
https://www.caja-pdf.es/2019/02/22/untitled-pdf-document/