28 Feb
28Feb


                           

                                                                                  Parte III. La educación de los hijos

                                                           Los padres deben considerar a sus hijos como hijos de Dios

                                                                        El derecho y deber educativo de los padres

                                                                 La misión educativa y el sacramento del Matrimonio

                                                                 La corrección, elemento esencial en la educación (I)

                                                                 La corrección, elemento esencial en la educación (II)

                                                                 ¿Quién manda en la familia? ¿El padre o la madre? (I)

                                                                 ¿Quién manda en la familia? ¿El padre o la madre? (II)


Los padres deben considerar a sus hijos como hijos de Dios

Desde el Concilio Vaticano II el matrimonio no solamente es presentado corno una «vocación» de Dios, igual que la vocación al sacerdocio o a la vida consagrada, sino también como una «misión» de la que forma parte, además de la generación de los hijos, la misión de educarlos en la fe, que incluye también la educación a la castidad y a descubrir su propia vocación [26].

Educar, del latín e-ducere, significa «sacar afuera», sacar al descubierto lo que Dios ya ha inscrito en el corazón de cada hijo y ayudarlo a descubrir su designio, la vocación a la que Dios lo ha predestinado todavía antes de que naciera. «En efecto, hechura suya somos: creados en Cristo Jesús, en orden a las buenas obras que de antemano dispuso Dios que practicáramos» (Ef 2, 10).


Los padres deben considerar a sus hijos como hijos de Dios

Los padres deben mirar a sus hijos como a hijos de Dios y respetarlos como a personas humanas. Han de educar a sus hijos en el cumplimiento de la ley de Dios, mostrándose ellos mismos obedientes a la voluntad del Padre de los cielos (CEC, 2222).

En este sentido, los padres no son dueños o propietarios de los hijos, sino verdaderos ministros, colaboradores con Dios creador tanto en la generación de los hijos que él les quiera conceder, cuanto en la educación. Este es un convencimiento que da la clave de una auténtica educación.

Notas

[26] El auténtico amor conyugal es asumido en el amor divino y es sostenido y enriquecido por la fuerza redentora de Cristo y por la acción salvífica de la Iglesia, para que los cónyuges, de manera eficaz, sean conducidos a Dios y sean ayudados y fortalecidos en la sublime misión de padre y madre. Por este motivo, los cónyuges cristianos son corroborados y como consagrados por un especial sacramento para los deberes y la dignidad de su estado. Y ellos, cumpliendo en virtud de tal sacramento sus deberes conyugales y familiares, penetrados por el espíritu de Cristo, por medio del cual toda su vida está impregnada de fe, esperanza y caridad, tienden a alcanzar caja vez más su perfección y la mutua santificación, y por eso juntos participan en la glorificación de Dios (GS, 48).


El derecho y deber educativo de los padres

La tarea educativa tiene sus raíces en la vocación primordial de los esposos a participar en la obra creadora de Dios; ellos, engendrando en el amor y por amor una nueva persona, que tiene en sí la vocación al crecimiento y al desarrollo, asumen por eso mismo la obligación de ayudarla eficazmente a vivir u una vida plenamente humana.

Corno ha recordado el Concilio Vaticano II: «Puesto que los padres han dado la vida a los hijos, tienen la gravísima obligación de educar a la prole, y por tanto hay que reconocerlos como los primeros y principales educadores de sus hijos. Este deber de la educación familiar es de tanta trascendencia que, cuando falta, difícilmente puede suplirse» (GS, 3).

«El derecho —deber educativo de los padres— se califica como esencial, relacionado como está con la transmisión de la vida humana; como original y primario, respecto al deber educativo de los demás, por la unicidad de la relación de amor que subsiste entre padres e hijos; como insustituible e inalienable y que, por consiguiente, no puede ser totalmente delegado o usurpado por otros».

«Por encima de estas características, no puede olvidarse que el elemento más radical que determina el deber educativo de los padres, es el amor paterno y materno que encuentra en la acción educativa su realización al hacer pleno y perfecto el servicio a la vida. El amor de los padres se transforma de fuente en alma, y por consiguiente, en norma, que inspira y guía toda la acción educativa concreta, enriqueciéndola con los valores de dulzura, constancia, bondad, servicio, desinterés, espíritu de sacrificio, que son el fruto más precioso del amor» (Familiaris Consortio, 36).

Familiaris Consortio. Exhortación apostólica de Su Santidad Juan Pablo II al episcopado, al clero y a los fieles de toda la iglesia sobre la misión de la familia cristiana en el mundo actual.


La misión educativa y el sacramento del Matrimonio

Para los padres cristianos la misión educativa, basada como se ha dicho, en su participación en la obra creadora de Dios, tiene una fuente nueva y específica en el sacramento del matrimonio, que consagra a la educación propiamente cristiana de los hijos, es decir, los llama a participar de la misma autoridad y del mismo amor de Dios Padre y de Cristo Pastor, así como del amor materno de la Iglesia, y los enriquece en sabiduría, consejo, fortaleza y en los otros dones del Espíritu Santo, para ayudar a los hijos en su crecimiento humano y cristiano (Familiaris Consortio, 38).


El deber educativo: un verdadero y propio «ministerio» comparable con el ministerio de los sacerdotes

El deber educativo recibe del sacramento del matrimonio la dignidad y la llamada a ser un verdadero y propio ministerio de la Iglesia al servicio de la edificación de sus miembros. Tal es la grandeza y el esplendor del ministerio educativo de los padres cristianos, que Santo Tomás no duda en compararlo con el ministerio de los sacerdotes:

«Algunos propagan y conservan la vida espiritual: es la tarea del sacramento del Orden; otros hacen esto respecto de la vida a la vez corporal y espiritual, y esto se realiza con el sacramento del Matrimonio, en el que el hombre y la mujer se unen para engendrar la prole y educarla en el culto de Dios».

«La conciencia viva y vigilante de la misión recibida con el sacramento del Matrimonio ayudará a los padres cristianos a ponerse con gran serenidad y confianza al servicio educativo de los hijos y, al mismo tiempo, a sentirse responsables ante Dios que los llama y los envía a edificar la Iglesia en los hijos. Así la familia de los bautizados, convocada como Iglesia doméstica por la Palabra y por el Sacramento, llega a ser a la vez, como la gran Iglesia, maestra y madre» (Familiaris Consortio, 38).


Los padres son los primeros responsables de la educación de sus hijos a la virtud

El hogar es un lugar apropiado para la educación de las virtudes. Ésta requiere el aprendizaje de la abnegación, de un sano juicio, del dominio de sí, condiciones de toda libertad verdadera. Los padres han de enseñar a los hijos a subordinar las dimensiones materiales e instintivas a las interiores y espirituales. Es una grave responsabilidad para los padres dar buenos ejemplos a sus hijos.

Sabiendo reconocer ante sus hijos sus propios defectos, se hacen más aptos para guiarlos y corregirlos:

«El que ama a su hijo, le corrige sin cesar... el que enseña a su hijo, sacará provecho de él» (Eclo 30, 1-2).

«Padres, no exasperéis a vuestros hijos, sino formadlos más bien mediante la instrucción y la corrección según el Señor» (Ef 6, 4).


La corrección, elemento esencial en la educación (I)

La corrección: elemento esencial en la educación [27].

«Así corno Dios nuestro Padre ha tratado a su pueblo, corrigiéndolo y castigándolo para preparar un pueblo de pobres de Yahvé que acogiesen al Mesías» (Historia de la salvación).

Como Dios Padre trató a su Hijo hecho hombre para nuestra salvación (aprendió sufriendo a obedecer, vivió e indicó el único camino de salvación en la sumisión filial a la voluntad del Padre: «He aquí que vengo para hacer tu voluntad...», «Mi alimento es hacer la voluntad del Padre mío...»).

Como el Padre nos trata a nosotros, hijos adoptivos, corrigiéndonos a través de las pruebas de la vida...

Así los padres, padre y madre, están llamados a aprender la paternidad y la maternidad de la manera de actuar de Dios mismo, «del cual deriva toda paternidad y maternidad en la tierra».

Toda actitud que se distancie de este amor de Dios hacia nosotros es neurótica y produce daños a sí mismos y a los hijos. Por eso, respecto a la educación de los hijos, estamos llamados a confrontarnos constantemente con el modo de actuar de Dios, con su pedagogía hacía nosotros.


El Señor corrige a quien ama

El autor de la Carta a los Hebreos exhorta a las comunidades cristianas que viven en un contexto de persecución a acoger la corrección de Dios como signo del amor del Padre.

«Hijo mío, no rechaces la corrección del Señor, ni te desanimes por su reprensión; porque el Señor reprende a los que ama y castiga a sus hijos preferidos. Soportáis la prueba para vuestra corrección, porque Dios os trata como a hijos, pues ¿qué padre no corrige a sus hijos? Si os eximen de la corrección, que es patrimonio de todos, es que sois bastardos y no hijos. Ciertamente tuvimos por educadores a nuestros padres carnales y los respetábamos, ¿con cuánta más razón nos sujetaremos al Padre de nuestro espíritu a así viviremos? Porque aquellos nos educaban para breve teimpo, según sus luces; Dios, en cambio, para nuestro bien, para que participemos de su santidad. Ninguna corrección resulta agradable, en el momento, sino que duele; pero luego produce fruto apetecible de justicia a los ejercitados en ella. Por eso, fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, y caminad por una senda llana: así el pie cojo, no se retuerce, sino que se cura» (Hb 12, 5-13).


Corregir a los hijos

«Reconoce asimismo en tu corazón, que como castiga (corrige) el hombre a su hijo, así Yahvé tu Dios te castiga (corrige)» (Dt 8, 5).

«El hijo sabio toma el consejo del padre; mas el burlador no escucha las reprensiones».

«El que detiene el castigo, a su hijo aborrece; mas el que lo ama, madruga a castigarlo» (Pr 13).

«Castiga a tu hijo en tanto que hay esperanza; mas no se excite tu alma para destruirlo» (Pr 19).

«Corrige a tu hijo y te dará descanso, Y dará deleite a tú alma».

«La vara y la corrección dan sabiduría; mas el muchacho consentido avergonzará a su madre» (Pr 29).

«¿Tienes hijos? Adoctrínalos. Doblega su cerviz desde su juventud. ¿Tienes hijas? Cuídate de ellas, y no pongas ante ellas cara muy risueña. Casa a tu hija y habrás hecho una gran cosa, pero dásela a un hombre prudente» (Eclo 7, 23).


El que mima a su hijo, vendará sus heridas

El que ama a su hijo, le azota sin cesar, para poderse alegrar en su futuro.

El que enseña a su hijo, sacará provecho de él, entre sus conocidos de él se gloriará.

El que mima a su hijo, vendará sus heridas, a cada grito se le conmoverán sus entrañas.

Caballo no domado, sale indócil; hijo consentido, sale libertino.

Halaga a tu hijo y te dará sorpresas; juega con él y te traerá pesares.

No rías con él, para no llorar, y acabar rechinando de dientes.

No le des libertad en su juventud, y no pases por alto sus errores.

Doblega su cerviz mientras es joven, tunde sus costillas cuando es niño, no sea que, volviéndose indócil, te desobedezca, y sufras por él amargura de alma.

Enseña a tu hijo y trabaja en él, para que no tropieces por su desvergüenza.

Eclesiástico 30.


Afanes de un padre por su hija

Una hija es para su padre un secreto desvelo, aleja el sueño la inquietud por ella.

En su juventud miedo a que se le pase la edad; si está casada, a que sea aborrecida.

Cuando virgen, no sea mancillada y en la casa paterna no quede encinta.

Cuando casada, a que sea infiel; cohabitando, a que sea estéril.

Sobre la hija desenvuelta refuerza la vigilancia, no sea que te haga la irrisión de tus enemigos comidilla en la ciudad, corrillos en el pueblo, y ante el vulgo espeso te avergüence.

Eclesiástico 42.

Hay que seguir y cuidar de las hijas de manera particular. En la sociedad en la que vivimos, con la agresividad sexual constantemente presente en los medios de comunicación, en la publicidad, en las modas... es fácil que las hijas, para que no se sientan en dificultad con las amigas y con los compañeros de clase o del colegio, quieran adecuarse al estilo de las otras muchachas. Las hijas, en efecto, adoptando modas y costumbres del tiempo en la manera de vestir, actúan muchas veces de manera ingenua a la hora de presentarse, sin saber que ciertas actitudes y ciertas modas son provocadoras para los chicos.

Los padres están llamados a ser realistas y a hablar a las hijas de los peligros a los que se exponen con ciertos comportamientos o ciertas modas de vestir (como minifaldas exageradas u ombligos descubiertos) si no quieren encontrarse después con la sorpresa de verlas un día embarazadas o, peor aún, descubrir que han abortado. La mentalidad corriente de un falso sentido de la libertad no es propia de los cristianos, llamados a ser signo de un pueblo sacerdotal, consagrado a Dios, con una misión de salvación para esta generación. Adecuarse al mundo, a las modas, es traicionar la llamada y la elección del Señor sobre nosotros y sobre nuestras familias y, por consiguiente, sobre nuestros hijos y nuestras hijas. Los padres, sobre todo, cuiden de que las hijas vayan vestidas de modo decente y digno cuando participan en las celebraciones de la comunidad cristiana.


Todo cuanto hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres

Hijos, obedeced en todo a vuestros padres, porque esto es grato a Dios en el Señor. Padres no exasperéis a vuestros hijos, no sea que se vuelvan apocados.

Esclavos, obedeced en todo a vuestros amos de este mundo, no porque os vean, corno quien busca agradar a los hombres, sino con sencillez de corazón, en el temor del Señor.

Todo cuanto hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres, conscientes de que el Señor os dará la herencia en recompensa. El Amo a quien servís es Cristo.

Colosenses 3, 20.


Notas

[27] La Biblia enseña que los padres tienen la tarea y la responsabilidad de guiar a los hijos para que se apropien de determinados valores y desarrollen la capacidad de distinguir entre el bien y el mal en las diversas esferas de la vida.

La disciplina consiste en una parte esencial de la guía hacia los valores en cuanto sirve a reforzarlos valorando la justa actitud comportamental. La ausencia de disciplina comporta la ausencia de una guía. La literatura hebrea cita a menudo la idea que la disciplina tiene que ser seguida siempre por el afecto y el amor de manera que el hijo no interprete la punición como un rechazo hacia su persona sino como intolerancia hacia el acto cometido. La palabra «disciplina» deriva del sustantivo «discípulo», de ahí es posible derivar un importante concepto pedagógico. No es posible forzar la enseñanza de una materia a un discípulo, puesto que eso debe ser el resultado de un deseo de aprendizaje. De la misma manera la verdadera disciplina debe brotar del deseo de dejarse guiar. El terreno en el que se instaura una disciplina apropiada y una sana relación es aquel en el que se ha conseguido a hacer del hijo un «discípulo». Eso exige paciencia y perseverancia, mas sobre todo es necesario que antes el padre haya construido una relación de amor afianzada con su hijo. Esta enseñanza puede ser deducida del comentario pedagógico al Mishlei del Goan de Vilna que explicita cómo a veces es necesario no crearse unas falsas expectativas sobre resultados inmediatos, sino tener la agudeza y la paciencia de retroceder, cuanto eso sea necesario, antes de proyectarse hacia delante.


La corrección, elemento esencial en la educación (II)

Para que la corrección sea eficaz es necesario que el padre y la madre estén unidos.

Para que la corrección sea eficaz, es muy importante que los hijos vean al padre y a la madre unidos. Si frente al padre que corrige, el hijo entrevé una posibilidad de refugio en la madre, porque percibe que ésta no comparte la severidad del marido, la función de la corrección pierde su fuerza.

En esto la madre tiene una función importante. El hecho de que por la maternidad se crea un vínculo afectivo particular con cada hijo, no debe llevar a la madre a separar su corazón del marido, del cual ella es siempre la esposa, para pegarse a los hijos.

Si el hijo halla una alianza en la madre contra el padre que corrige, quedará marcado en su crecimiento. Mimado por la madre, tendrá dificultades para superar el infantilismo y convertirse en adulto. No se hallará preparado para enfrentarse a las dificultades de la vida, al sufrimiento, a dejar su casa para seguir su propia vocación. Por una parte quisiera librarse de la unión con la madre, pero por otro lado se siente incapaz.

La función del padre, también a través de la corrección, será la de ayudar al hijo a romper el lazo umbilical con la madre, a dirigirse hacia fuera, hacia el padre, hacia los hermanos, a crecer y llegar a ser adulto. Para esta ayuda en el crecimiento que permita superar el infantilismo, es importante la presencia de hermanos y hermanas.


En la educación de los hijos no hay reglas ni fórmulas mágicas, sino una asistencia particular del Espíritu Santo

En la educación de los hijos no hay reglas ni fórmulas mágicas. La educación es una verdadera misión de los padres y en esto los padres están llamados a ser conscientes de una particular asistencia del Espíritu Santo que les irá inspirando las posturas que hay que adoptar con cada hijo o hija, según su edad.

Cito ahora tres textos que puedan ayudar a los padres.


San Juan Bosco: para educar, imitar a Jesús y dejarse guiar por el amor

En la corrección es importante que los hijos vean el amor de los padres hacia ellos. San Juan Bosco, que obtuvo de Dios un don particular para la educación de los muchachos y de los jóvenes, confiesa:

¡Cuántas veces, hijos míos, durante mi vida, ya bastante prolongada, he tenido ocasión de convencerme de esta gran verdad!

Es más fácil enojarse que aguantar, amenazar al niño que persuadirlo; añadiré incluso que, para nuestra impaciencia y soberbia, resulta más cómodo castigar a los rebeldes que corregirlos, soportándolos con firmeza y suavidad a la vez.

Os recomiendo que imitéis la caridad que usaba Pablo con los neófitos. Caridad que con frecuencia lo llevaba a derramar lágrimas y a suplicar, cuando los encontraba poco dóciles y rebeldes a su amor.

Guardaos de que nadie pueda pensar que os dejáis llevar por los arranques de vuestro espíritu. Difícil, al castigar, conservar la debida moderación, la cual es necesaria para que en nadie pueda surgir la duda de que obramos no para hacer prevalecer nuestra autoridad o para desahogar nuestro mal humor

Miremos como a hijos a aquellos sobre los cuales debemos ejercer alguna autoridad. Pongámonos a su servicio a imitación de Jesús, el cual vino para obedecer y no para mandar, y avergoncémonos de todo lo que pueda tener la incluso apariencia de dominio; si algún dominio ejercemos sobre ellos, ha de ser para servirlos mejor.

Este era el modo de obrar de Jesús con los Apóstoles, ya que era paciente con ellos, a pesar de que eran ignorantes y rudos e incluso poco fieles; también con los pecadores se comportaba con benignidad y con una amigable familiaridad de tal modo que era motivo de admiración para unos, de escándalo para otros, pero también ocasión de que concibieran la esperanza de alcanzar el perdón de Dios. Por esto, nos mandó que fuésemos mansos y humildes de corazón.

Son hijos nuestros, y, por esto, cuando corrijamos sus errores, hemos de deponer toda ira o por lo menos dominarla de tal manera como si la hubiéramos extinguido totalmente.

Mantengamos sereno nuestro espíritu, evitemos el desprecio en la mirada, las palabras hirientes; tengamos comprensión en el presente y esperanza en el futuro, como conviene a unos padres de verdad, que se preocupan sinceramente de la corrección y enmienda de sus hijos.

En los casos más graves, es mejor rogar a Dios con humildad que arrojar un torrente de palabras, ya que estas ofenden a los que las escuchan sin que sirvan de provecho alguno a los culpables.

De las Cartas de San Juan Bosco, epistolario, Turín 1959, 4, 201-203


Papa Juan Pablo II: educar significa orientar al discípulo en el conocimiento de la verdad

El Papa, en un discurso a la Asamblea Plenaria de la Congregación para la Educación Católica precisa cual es el contenido de la educación: reconocer la verdad sobre sí mismo.

Solo quien ama educa, porque solo quien ama sabe decir la verdad que es el amor. Dios es el verdadero educador porque «Dios es amor».

Esta expresión de Jesús, que nos entrega el Evangelio según San Juan, representa un punto de referencia decisivo para trazar algunas perspectivas del misterio de la educación. En el versículo que acabamos de recordar, Jesús pone en relación dos componentes —libertad y verdad— que, a menudo, el hombre no ha conseguido coordinar bien. Podemos observar, en efecto, que mientras en el pasado prevaleció a veces una forma de verdad alejada de la libertad, hoy se asiste con frecuencia a un ejercicio de la libertad alejada de la verdad.

Sin embargo, una persona es libre, afirma Jesús, solamente cuando reconoce la verdad sobre sí misma. Esto conlleva, naturalmente, un lento, paciente, amoroso camino a través del cual es posible descubrir progresivamente su propio verdadero ser, su auténtico rostro.

Y es a lo largo de este camino que se inserta la figura del educador como aquel que, ayudando con rasgos paternos y maternos a reconocer la verdad sobre sí mismos, colabora a la consecución de la libertad, «signo eminentísimo de la imagen divina» (GS, 17).

La tarea del educador, según esta perspectiva es por un lado testimoniar que la verdad sobre sí mismo no se reduce a una proyección de ideas e imágenes propias y, por otro lado, orientas al discípulo hacia el descubrimiento estupendo y siempre sorprendente de la verdad que lo precede y sobre la cual no tiene ningún dominio.

Mas la verdad sobre nosotros está estrechamente vinculada al amor hacia nosotros. Solamente quien ama posee y conserva el misterio de nuestra verdadera imagen, también cuando eso se nos escapa de las manos.

Solo quien ama educa, porque solo quien ama sabe decir la verdad que es el amor. Dios es el verdadero educador porque «Dios es amor».

He aquí lo nuclear, el centro candente de toda actividad educativa; colaborar al descubrimiento de la verdadera imagen que el amor de Dios ha impreso indeleblemente en cada persona y que se conserva en el misterio de su mismo amor. Educar significa reconocer en cada persona y pronunciar sobre cada persona la verdad que es Jesús, para que cada persona pueda llegar a ser libre. Libre de las esclavitudes que le han sido impuestas, libre de la esclavitud, todavía más estrecha y tremenda, que ella misma se impone.

El misterio de la educación resulta ser así estrechamente vinculado al misterio de la vocación, es decir, al misterio de este «nombre» con el que el Padre nos llamó y predestinó en Cristo antes de la fundación del mundo.

Beato Juan Pablo II

Asamblea Plenaria de la Congregación para la Educación Católica

Martes 14 de noviembre de 1995


San Ambrosio: más que vuestros consejos les ayudará la estima que nutren hacia vosotros y vosotros hacia ellos

La educación de los hijos es una tarea para adultos dispuestos a una dedicación que te lleve a olvidarte de ti mismo: son capaces de esto el marido y la mujer que se aman a tal punto que no necesitan mendigar en otros lares el afecto necesario.

El bien de vuestros hijos será lo que ellos elegirán: no soñéis para ellos con vuestros deseos.

Bastará con que sepan amar el bien y guardarse del mal y que consideren algo horroroso la mentira.

No pretendáis, pues, dibujar su futuro: estad satisfechos más bien de que vayan al encuentro del mañana con empuje, también cuando os parezca que se olvidan de vosotros.

No animéis ingenuas fantasías de grandeza, y si Dios los llama a algo hermoso y grande no seáis vosotros el lastre que les impide volar.

No os arroguéis el derecho de tomar decisiones en su lugar, más bien ayudarles a entender qué decisión tomar y a que no se asusten si lo que aman requiere esfuerzo y alguna vez hace sufrir: más insoportable es una vida vivida para nada.

Más que vuestros consejos les ayudará la estima que nutren hacia vosotros y vosotros hacia ellos; más que por mil recomendaciones sofocantes, serán ayudados por los gestos que vieron en casa: los afectos sencillos, certeros y expresados con pudor.

Y todos esos discursos sobre la caridad no me enseñarán más que el gesto de mi madre que abría la puerta de la casa a un vagabundo hambriento, y no encuentro un gesto mejor, por no decir el orgullo de ser hombre, que cuando mi padre se adelantó a tomar la defensa de un hombre acusado injustamente.

Que vuestros hijos habiten en vuestra casa con aquel sano hallarse bien que te hace sentir a gusto y que te anima también a salir de casa, porque te insufla dentro la confianza en Dios y el gusto de vivir bien [28].


¿Quién manda en la familia? ¿El padre o la madre? (I)

La pregunta está formulada de manera provocativa y maliciosa, intencionadamente, pero refleja un problema que a veces se crea en la pareja, sobre todo en referencia a la educación de los hijos.

Todos conocemos el dicho popular: «en mi casa mando yo, dice el marido, pero se hace lo que dice mi mujer».

Esta no es la actitud cristiana; en efecto, San Pablo, en la analogía entre Cristo que ama a la Iglesia y el mando llamado a amar similarmente a la mujer, dice que Cristo es la cabeza del cuerpo como el marido es cabeza de la mujer, y como tal, en las decisiones importantes, pide la sumisión a la mujer sobre todo delante de los hijos, delante de los cuales tiene que aparecer la autoridad del padre, avalada también por la madre.


Autoridad no significa autoritarismo o arbitrariedad, ni siquiera despotismo

Jesús enseñaba con autoridad... sin embargo vino a servir. Su autoridad no se imponía, pero por el hecho de que había sido enviado por el Padre como testigo de la verdad, la verdad misma interpelaba una respuesta libre a los que lo escuchaban. La verdad lleva en sí misma la autoridad por lo que quien la acoge se salva y quien la rechaza se condena.

La autoridad está en función del servicio, de una misión, no de un instrumento para ponerse por encima de los demás (abuso de autoridad).


La autoridad paterna no significa que la mujer no tenga una personalidad más fuerte

El ejercicio de la autoridad paterna no significa que en el matrimonio la mujer no pueda tener más dotes y una personalidad más fuerte que la del marido.

El amor conyugal consiste, antes que nada, en el convencimiento y en la certeza que «lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre», es decir, en la convicción que esta es la mujer que Dios ha querido para mí, como esposa y como madre de mis hijos... así como es, con su carácter, sus dotes; y yo como el marido para ella. El amor conlleva el respeto del otro así como es, con sus dotes, con sus límites, y también con sus pecados, no en la pretensión de que llegue a ser la realización de una proyección mía sobre el otro, mortificando su carácter, sus dotes y talentos para imponerme a mí mismo sobre el otro.


¿Quién manda en la familia? ¿El padre o la madre? (II)

Padre, madre e hijos están llamados a enraizarse personalmente en Dios

En el caso de disparidad de puntos de vista sobre la familia, sobre la educación de los hijos, el padre y la madre, al fin de encontrar una unidad de comportamiento delante de los hijos, están llamados a estar personalmente y profundamente radicados en Dios. Aquí también aparece la necesidad de una constante conversión a Dios.

Si el modelo de la familia cristiana es la familia de Nazaret —la Sagrada Familia—, que la Liturgia llama «experta en el sufrir» descubrimos que en ella los tres componentes están enraizados personalmente en Dios, tienen una relación personal con él.

María, ante el anuncio del Ángel contesta: «hágase en mi según tu palabra», el diseño de Dios.

José no dice nada, pero hace, cumple lo que Dios manifiesta momento por momento, en situaciones difíciles y dolorosas, cumple la voluntad de Dios, se deja guiar por el Señor.

El adolescente Jesús manifestará claramente a sus padres que está llamado a ocuparse de las cosas de su padre, aun viviendo sometido a ellos en la casa de Nazaret.

Es esclarecedor, al propósito, un «midrash» de un autor español de 1800 que, comentando el tormento de José cuando se dio cuenta de que María estaba embarazada, cuando en lo profundo de su corazón decide repudiarla en secreto, se imagina un coloquio entre José y María después de que José recibiera del ángel en sueños, la explicación del misterio.

José le pregunta a María: pero, ¿por qué no me dijiste nada antes... por qué has dejado que viviera este tormento durante días, no has visto lo que sufría?... Si tú sabías la respuesta, ¿por qué no me lo has dicho, ahorrándome estos días y estas noches de sufrimiento y de tormento?

Y María le contesta: y, ¿quién era yo para interferir en tu relación con Dios? ¿Cómo habría podido explicarte yo lo que para mí misma era inexplicable?... Solo Dios te podía revelar directamente este misterio.

Jesús mismo, delante de María y de José —que después de haberle hallado en el templo de Jerusalén le dicen: ¿por qué no has hecho esto?... ¿Por qué no nos dijiste antes que te quedarías en el templo, y nos habría ahorrado estos tres días de angustia y de dolor?— da una respuesta que María entenderá solamente más tarde.


En ciertos momentos el marido debe tomar unas decisiones en conciencia delante de Dios

En ciertos momentos el marido debe tomar unas decisiones, después de haber hablado con la mujer (no delante de los hijos), a solas: en conciencia y ante Dios, después de haber rezado. Aunque la decisión puede causar un sufrimiento en el momento a la mujer o a los hijos. Como dice Jesús, en aquel momento el marido y padre está llamado a no buscar su complacencia, ni la gloria de los hombres, o la vida tranquila, sino la gloria de Dios solo. Y la mujer en estos casos, aunque sea más dotada, más fuerte, aunque no comparta la decisión, está llamada a someterse al marido como cabeza de la familia. Más bien, como mujer y madre tiene una tarea muy importante ayudando al marido a ser verdadero padre, a tomar decisiones según Dios, y también a ayudar a los hijos a reconocer la autoridad del padre.

Si los hijos vislumbran una división, una «descomunión» profunda en los padres, lo tienen fácil para no obedecer, y para crecer haciendo su propia voluntad.

Es importante que los hijos vean en el padre al cabeza de familia, el punto de referencia y de seguridad, mientras que en la madre vean el amor, la ternura, la comprensión.


La obediencia en la familia

En la familia los hijos aprenden a obedecer y los padres a que les obedezcan, aunque esto vaya en contra de la mentalidad corriente. En esto los padres y los hijos son ayudados por la participación en el Camino Neocatecumenal. En efecto, en el Camino todos son iniciados a obedecer en la fe a Dios: tanto en las personas de los Catequistas en el itinerario neocatecumenal como a la jerarquía: al Papa, al Obispo, al Presbítero. El hecho mismo de poder ver y experimentar que los padres mismos obedecen a otros ayuda a los hijos a aprender a obedecer.

Jesús mismo aprendió a obedecer al Padre a través de lo que sufrió... también él, verdadero hombre, fue tentado a no adecuarse a la voluntad del Padre. En el fondo, la obediencia a los padres (y a la autoridad constituida por Dios) es sacramento de la obediencia a Dios. San Pablo recomienda obedecer como al Señor: en conciencia. Lo mismo afirma también san Pedro.

La desaparición de Dios es desaparición del padre, desaparición de la autoridad y desaparición de la obediencia; todo eso es sustituido por el Estado, que hace de padre y madre, emana leyes y obliga a la observancia con el miedo al castigo para quien las infringe.


DOCUMENTOS DE AYUDA:  https://www.caja-pdf.es/2019/02/28/exhortacin-apostlica-familiaris-consortio-1/



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