09 Mar
09Mar

Parte V. La educación sexual

La educación sexual (I)

La educación sexual (II)

La educación sexual (III)

La educación sexual (IV)

La educación sexual (V)

                                                                          ************************************


                                                                                      

                                                                                  La educación sexual (I)


Es deber de los padres cuidar de la educación sexual y moral de los hijos

Experiencias negativas en este campo pueden traumatizar al hijo de por vida. Es este un campo en que los padres están llamados a informarse, quizás con el auxilio de algún libro bueno, y siempre a la luz de la revelación.


Los derechos y los deberes de los padres

Desde el Concilio Vaticano II el matrimonio no solo se presenta como una «vocación» de Dios, así como la vocación al sacerdocio o a la vida consagrada, sino también como una «misión», de la que forma parte además de la generación de los hijos, la misión de educarlos en la fe, que incluye también la educación a la castidad y al descubrimiento de su propia vocación.


El significado del deber de los padres

Este deber de la educación familiar (de los padres) es de tanta trascendencia que, cuando falta, difícilmente puede suplirse. Es, pues, deber de los padres crear un ambiente de familia animado por el amor y por la piedad hacia Dios y hacia los hombres, que favorezca la educación íntegra personal y social de los hijos. La familia es, por tanto, la primera escuela de las virtudes sociales, que todas las sociedades necesitan... Los padres son los primeros y principales educadores de sus hijos, y en este campo tienen una competencia fundamental: son educadores por ser padres. (S. h. 23).

Este derecho implica una tarea educativa: si de hecho no imparten una adecuada formación en la castidad, los padres abandonan un preciso deber que les compete y serían culpables también si tolerasen una formación inmoral o inadecuada impartida a los hijos fuera del hogar (S. h. 44).

Esta tarea encuentra hoy una dificultad particular debido también a la difusión, a través de los medios de comunicación social, de la pornografía, inspirada en criterios comerciales que deforman la sensibilidad de los adolescentes. A este respecto se requiere por parte de los padres, un doble cuidado: una educación preventiva y crítica de los hijos y una acción de valiente denuncia ante la autoridad. Los padres, individualmente o asociados con otros, tienen el derecho y el deber de promover el bien de sus hijos y de exigir a la autoridad leyes de prevención y represión de la explotación de la sensibilidad de los niños y de los adolescentes (S. h. 45).

El Santo Padre Juan Pablo II subraya esta misión de los padres delineando la orientación y el objetivo: «Ante una cultura que "banaliza" en gran parte la sexualidad humana, porque la interpreta y la vive de manera reductiva y empobrecida, relacionándola únicamente con el cuerpo y el placer egoísta; el servicio educativo de los padres debe basarse en una cultura sexual que sea verdadera y plenamente personal. En efecto, la sexualidad es una riqueza de toda la persona —cuerpo, sentimiento y espíritu— y manifiesta su significado intimo al llevar a la persona hacia el don de sí misma en el amor» (S. h. 46).

No podemos olvidar, de todas maneras, que se trata de un derecho-deber, el de educar en la sexualidad, que los padres cristianos en el pasado han percibido y ejercitado poco, posiblemente porque el problema no tenía la gravedad actual, o porque su tarea era en parte sustituida por la fuerza de los modelos sociales dominantes y, además, por la suplencia que en este campo ejercía la Iglesia y la escuela católica. No es fácil para los padres asumir este compromiso educativo, porque hoy resulta complejo, superior a las posibilidades de las familias, y porque en la mayoría de los casos no existe la experiencia de cuanto con ellos hicieron sus padres (S. h. 47).

En tal contexto es necesario que los padres, remitiéndose a la enseñanza de la Iglesia, y con su apoyo, reivindiquen su propia tarea y, asociándose donde sea necesario o conveniente, ejerzan una acción educativa fundada en los valores de la persona y del amor cristiano, tomando una posición clara que supere el utilitarismo ético. Para que la educación corresponda a las exigencias objetivas del verdadero amor, los padres han de ejercitarla con responsabilidad autónoma. (S. h. 24).


La educación sexual (II)


Importancia decisiva del clima afectivo que reina en la familia

Las ciencias psicológicas y pedagógicas, con sus más recientes conquistas, y la experiencia, concuerdan en destacar la importancia decisiva en orden a una armoniosa y válida educación sexual, del clima afectivo que reina en la familia, especialmente en los primeros años de la infancia y de la adolescencia y tal vez también en la fase prenatal, períodos en los cuales se instaran los dinamismos emocionales y profundos de los adolescentes. Se evidencia la importancia del equilibrio, de la aceptación y de la comprensión a nivel de la pareja. Se subraya además, el valor de la serenidad del encuentro relacional entre los esposos, de su presencia positiva —sea del padre sea de la madre— en los años importantes para el proceso de identificación, y de la relación de sereno afecto hacia los niños (S. h. 50).


El tiempo para estar con los hijos y dialogar con ellos

Ciertas graves carencias o desequilibrios que existen entre los padres (por ejemplo, la ausencia de la vida familiar de uno o de ambos padres, el desinterés educativo o la severidad excesiva) son factores capaces de causar en los niños traumas emocionales y afectivos que pueden entorpecer gravemente su adolescencia y a veces marcarlos para toda la vida. Es necesario que los padres encuentren el tiempo para estar con los hijos y dialogar con ellos. Los hijos, don y deber, son la tarea más importante, si bien aparentemente no siempre muy rentable; lo son más que el trabajo, más que el descanso, más que la posición social. En tales conversaciones —y de modo creciente con el pasar de los años— es necesario saberlos escuchar con atención, esforzarse por comprenderlos, saber reconocer la parte de verdad que puede haber en algunas formas de rebelión (S. h. 51).


La familia es la primera y fundamental escuela de sociabilidad

La familia cristiana puede ofrecer una atmósfera impregnada del amor a Dios que hace posible el auténtico don recíproco. Los niños que lo perciben están más dispuestos a vivir según las verdades morales practicadas por sus padres. Tendrán confianza en ellos y aprenderán aquel amor —nada mueve tanto a amar cuanto el saberse amados— que vence el miedo. Así el vínculo recíproco, que los hijos descubren en sus padres, será una protección segura de su serenidad afectiva. Tal vínculo afina la inteligencia, la voluntad y las emociones, rechazando o todo cuanto pueda degradar o envilecer el don de un sexualidad humana que, en una familia en la cual reina el amor, se entiende siempre como parte de la llamada a la entrega de sí en el antor a Dios y a los demás: «La familia es la primera y fundamental escuela de sociabilidad; como comunidad de amor, encuentra en el don de sí misma la ley que la rige y hace crecer. El don de sí, que inspira el amor mutuo de los esposos, se pone como modelo y norma del don de sí que debe haber en las relaciones entre hermanos y hermanas, y entre las diversas generaciones que conviven en la familia. La comunión y la participación vivida cotidianamente en la casa, en los momentos de alegría y de dificultad, representa la pedagogía más concreta y eficaz para la inserción activa, responsable y fecunda de los hijos en el horizonte más amplio de la sociedad» (S. h. 52).

En definitiva, la educación en el auténtico amor, que no es tal si no se convierte en amor de benevolencia, implica la acogida de la persona amada, considerar su bien como propio y, por tanto, instaurar oportunas relaciones con los demás. Es necesario enseñar al niño, al adolescente y al joven a establecer las oportunas relaciones con Dios, con sus padres, con sus hermanos y hermanas, con sus compañeros del mismo o diverso sexo, con los adultos (S. h. 53).


La educación sexual (III)

Educar el pudor y la modestia

Aunque no esté de moda y va contracorriente, los padres están llamados a inculcar en los hijos, desde pequeños, el respeto hacia sí mismos, el pudor y, en la adolescencia, la virginidad.

La pureza exige el pudor. Este es parte integrante de la templanza. El pudor preserva la intimidad de la persona.

Designa el rechazo, a mostrar lo que debe permanecer velado. Está ordenado a la castidad, cuya delicadeza proclama. Ordena las miradas y los gestos en conformidad con la dignidad de las personas y con la relación que existe entre ellas (CEC, 2521).

Lo que se llama permisividad de las costumbre se busca en una concepción errónea de la libertad humana; para llegar a su madurez, esta necesita dejarse educar previamente por la ley moral (CEC, 2526).

La práctica del pudor y de la modestia, al hablar, obrar y vestir, es muy importante para crear el clima adecuado para la maduración de la castidad; y por eso han de estar hondamente arraigados en el respeto del propio cuerpo y de la dignidad de los demás. Como se ha indicado, los padres deben velar para que ciertas modas y comportamientos amorales no violen la integridad del hogar, particularmente a través de un uso desordenado de los medios de comunicación.

Particularmente, en relación al cosas de la televisión, el Santo Padre ha especificado: «El modo de vivir —especialmente en las naciones más industrializadas— lleva con frecuencia a las familias a descargar sus responsabilidades educativas; encontrando en la facilidad para la evasión (a través especialmente de la televisión y de ciertas publicaciones) la manera de tener ocupados a los niños y los jóvenes. Nadie niega que existe para ello cierta justificación, dado que muy frecuentemente faltan estructuras e infraestructuras suficientes para potenciar y valorizar el tiempo libre de los jóvenes y orientar sus energías» (S. h. 56).


Los padres modelo para sus hijos

El buen ejemplo y el liderazgo de los padres es esencial para reforzar la formación de los jóvenes en la castidad. La madre que estima la vocación materna y su papel en la casa, ayuda muchísimo a desarrollar, en sus hijas, las cualidades de la feminidad y de la maternidad y pone ante los hijos varones un claro ejemplo de mujer recia y noble. El padre que inspira su conducta en un estilo de dignidad varonil, sin machismos, será un modelo atrayente para sus hijos e inspirará respeto, admiración y seguridad en las hijas (S. h. 59).


Familia numerosa

Nadie puede ignorar que el primer ejemplo y la mayor ayuda que los padres dan a sus hijos es su generosidad en acoger la vida, sin olvidar que así les ayudan a tener un estilo más sencillo de vida y, además, «que es menor mal negar a los propios hijos ciertas comodidades y ventajas materiales que privarlos de la presencia de hermanos y hermanas que podrían ayudarles a desarrollar su humanidad y a comprobar la belleza de la vida en cada una de sus fases y en toda su variedad» (S. h. 61).


La educación sexual (IV)

Educación sexual

Respecto a la educación en la sexualidad, no existen unas normas generales, ni recetas universales, sino «orientaciones» que la Iglesia dona a la luz de la fe. Es tarea de los padres discernir cómo y cuándo. En este cometido tan delicado los padres cuentan con la gracia de estado, con la asistencia del Espíritu Santo, al que pueden pedir el don de consejo. Quizás más hoy que en el pasado, los padres descubren su misión y responsabilidad de educadores de manera casi análoga a la de los catequistas en el Camino Neocatecumenal, y a los formadores de los Seminarios «Redemptoris Mater». El presente documento insiste en una formación personalizada para cada hijo en los varios niveles de desarrollo; está claro que tal educación se tiene que adecuar al tipo de sociedad en que se vive, según la incidencia de tipos de publicidad y de información sexual que pueden ser más o menos precoces y provocantes. Queda siempre, pues, el deber de los padres de velar sobre cada hijo, sin dar nunca nada por descontado, para intervenir «tempestivamente» en el momento oportuno, en su lugar, dar una formación preventiva.


Seguir a los hijos en las varias fases del desarrollo

Los pasos en el conocimiento

A los padres corresponde especialmente la obligación de dar a conocer a sus hijos los misterios de la vida humana, porque la familia es «el mejor ambiente para cumplir el deber de asegurar una gradual educación de la vida sexual. Cuenta con reservas afectivas capaces de llevar a aceptar, sin traumas, aun las realidades más delicadas e integrarlas armónicamente en una personalidad equilibrada y rica» (S. h. 64).


Cuatro principios sobre la información respecto a la sexualidad

Ya que los padres conocen, comprenden y aman a cada uno de sus hijos en su irrepetibilidad, se encuentran en la mejor posición para decidir el momento oportuno para ir dando las diversas informaciones, según el respectivo crecimiento físico y espiritual.

1. Todo niño es una persona única e irrepetible y debe recibir una formación personalizada.

Puesto que los padres conocen, comprenden y aman a cada uno de sus hijos en su irrepetibilidad, cuentan con la mejor posición para decidir el momento oportuno de dar las distintas informaciones, según el respectivo crecimiento físico y espiritual.

La experiencia demuestra que este diálogo se realiza mejor cuando el progenitor que comunica las informaciones biológicas, afectivas, morales y espirituales, es del mismo sexo del niño o del joven. Conscientes de su papel, de las emociones y de los problemas del propio sexo, las madres tienen una sintonía especial con las hijas y los padres con los hijos. Es necesario respetar ese nexo natural; por esto, el progenitor que se encuentre solo, deberá comportarse con gran sensibilidad cuando hable con un hijo de sexo diverso, y podrá permitir que los aspectos más íntimos sean comunicados por una persona de confianza del sexo del niño. Para esta colaboración de carácter subsidiario, los padres podrán valerse de educadores expertos y bien formados en el ámbito de la comunidad escolar, parroquial o de las asociaciones católicas (S. h. 67)

2. La dimensión moral siempre debe formar parte de sus explicaciones.

Los padres podrán poner de relieve que los cristianos están llamados a vivir el don de la sexualidad según el plan de Dios que es Amor, en el contexto del matrimonio o de la virginidad consagrada o también en el celibato. Se ha de insistir en el valor positivo de la castidad y en la capacidad de generar verdadero amor hacia las personas, este es su aspecto moral más radical e importante; «solo quien sabe ser casto sabrá amar en el matrimonio o en la virginidad» (S. h. 68).

3. La educación en la castidad y las oportunas informaciones sobre la sexualidad deben ofrecerse en el contexto más amplio de la educación en el amor. En las conversaciones con los hijos no deben faltar nunca los consejos oportunos para crecer en el amor de Dios y del prójimo, y para superar las dificultades. «Disciplina de los sentidos y de la mente, prudencia atenta para evitar las ocasiones de caídas, guarda del pudor, moderación en las diversiones, ocupación sana, recurso frecuente a la oración y a los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. Los jóvenes, sobre todo, deben esforzarse por fomentar su devoción a la Inmaculada Madre de Dios» (S. h. 71).

4. Los padres deben dar esta información con extremada delicadeza, pero de forma clara y en el tiempo oportuno.

Saben bien que los hijos deben ser tratados de manera personalizada, de acuerdo con las condiciones personales de su desarrollo fisiológico y psíquico, teniendo debidamente en cuenta también el ambiente cultural y la experiencia que el adolescente realiza en su vida cotidiana. Para valorar que se debe decir a cada uno, es muy importante que los padres pidan ante todo luces al Señor en la oración y hablen entre sí, a fin de que sus palabras no sean ni demasiado explícitas ni demasiado vagas. Dar muchos detalles a los niños es contraproducente, pero retrasar excesivamente las primeras informaciones es imprudente, porque toda persona humana tiene una curiosidad natural al respecto y antes o después se interroga, sobre todo en una cultura dónde se ve demasiado también por la calle (S. h. 75).

En general, las primeras informaciones acerca del sexo que se han de dar a un niño pequeño no se refieren a la sexualidad genital, sino al embarazo y el nacimiento de un hermano o de una hermana. La curiosidad natural del niño se estimula, por ejemplo, cuando observa en la madre los signos del embarazo y que está a la espera de un niño. Los padres deben aprovechar esta gozosa experiencia para comunicar algunos hechos sencillos relativos al embarazo, siempre en el marco más profundo de la maravilla de la obra creadora de Dios, que ha dispuesto que la nueva vida por Él donada se custodie en el cuerpo de la madre cerca de su corazón (S. h. 76).


La educación sexual (V)


Las fases principales del desarrollo del niño

1. Los años de la inocencia y la pubertad

Los padres, partiendo de las transformaciones que las hijas y los hijos experimentan en su cuerpo, deben proporcionarles explicaciones más detalladas sobre la sexualidad siempre que —contando con una relación de confianza y amistad— las jóvenes se confíen con su madre y los jóvenes con su padre. Esta relación de confianza y de amistad se ha de instaurar desde los primeros años de la vida (S. h. 89).

Ya que durante la pubertad los adolescentes son particularmente sensibles a las influencias emotivas, los padres, a través del diálogo y de su modo de obrar, deben ayudar a sus hijos a resistir a los influjos negativos exteriores que podrían inducirles a subestimar la formación cristiana sobre el amor y sobre la castidad. A veces, especialmente en las sociedades abandonadas a las incitaciones del consumismo, los padres tendrán que cuidar —sin que se note demasiado— las relaciones de sus hijos con adolescentes del otro sexo. Aunque hayan sido aceptadas socialmente, existen costumbres en el modo de hablar y vestir que son moralmente incorrectas y representan una forma de banalizar la sexualidad, reduciéndola a objeto de consumo. Los padres deben enseñar a sus hijos el valor de la modestia cristiana, de la sobriedad en el vestir, de la necesaria independencia respecto a las modas, característica de un hombre o de una mujer con personalidad madura (S. h. 97).

2. La adolescencia en el proyecto de vida

Los padres cristianos deben «formar a los hijos para la vida, de manera que cada uno cumpla en plenitud su cometido, de acuerdo con la vocación recibida de Dios.

Es fundamental que los jóvenes no se encuentren solos a la hora de discernir su vocación personal

Durante siglos, el concepto de vocación se había reservado exclusivamente al sacerdocio y a la vida religiosa. El Concilio Vaticano II, recordando la enseñanza del Señor —«sed perfectos como perfecto es vuestro Padre celestial» (Mt 5, 48)— ha renovado la llamada universal a la santidad: «Esta fuerte invitación a la santidad —escribió poco después Pablo VI— puede considerarse el elemento más característico de todo el magisterio conciliar y, por así decirlo, su última finalidad»; e insiste Juan Pablo II: «El Concilio Vaticano II ha pronunciado palabras altamente luminosas sobre la vocación universal a la santidad. Se puede decir que precisamente esta llamada ha sido la consigna fundamental confiada a todos los hijos e hijas de la Iglesia, por un Concilio convocado para la renovación evangélica de la vida cristiana. Esta consigna no es una simple exhortación moral, sino una insuprimible exigencia del misterio de la Iglesia» (S. h. 100).

Dios llama a la santidad a todos los hombres y para cada uno de ellos tiene proyectos bien precisos: una vocación personal que cada uno debe reconocer, acoger y desarrollar. A todos los cristianos —sacerdotes y laicos, casados o célibes— se aplican las palabras del Apóstol de Los gentiles: «elegidos de Dios, santos y amados» (Col 3, 12).

Es pues necesario que no falte nunca en la catequesis y en la formación impartida dentro y fuera de la familia, la enseñanza de la Iglesia, no solo sobre el valor eminente de la virginidad y del celibato, sino también sobre el sentido vocacional del matrimonio, que un cristiano nunca debe considerar solo como una aventura humana: «Gran misterio es este, lo digo con respecto a Cristo y a la Iglesia», dice san Pablo (Ef 5. 32). Dar a los jóvenes esta firme convicción, trascendental para el bien de la Iglesia y de la humanidad, «depende en gran parte de los padres y de la vida familiar que construyen en su propia casa» (S. h. 101).

Durante este período son muy importantes las amistades. Según las condiciones y los usos sociales del lugar en que se vive, la adolescencia es una época en que los jóvenes gozan de más autonomía en las relaciones con los otros y en los horarios de la vida de familia. Sin privarles de la justa autonomía, los padres han de saber decir «no» a los hijos cuando sea necesario y al mismo tiempo cultivar el gusto de sus hijos por todo lo que es bello, noble y verdadero. Deben ser también sensibles a la autoestima del adolescente, que puede atravesar una fase de confusión y de menor claridad sobre el sentido de la dignidad personal y sus exigencias (S. h. 107).

A través de los consejos que brotan del amor y de la paciencia, los padres ayudarán a los jóvenes a alejarse de un excesivo encerramiento en sí mismos y les enseñarán —cuando sea necesario— a caminar en contra de los usos sociales que tienden a sofocar el verdadero amor y el aprecio por las realidades del espíritu (s. h. 108).

3. Hacia la edad adulta

En el periodo que lleva al noviazgo, ya la elección del afecto preferencial que puede conducir a la formación de una familia, el papel de los padres no deberá limitarse a simples prohibiciones y mucho menos a imponer la elección del novio o de la novia; deberán, sobre todo, ayudar a los hijos a discernir aquellas condiciones necesarias para que nazca un vínculo serio, honesto y prometedor, y les apoyarán en el camino de un claro testimonio de coherencia cristiana en la relación con la persona del otro sexo (s. h. 110).

Se deberá evitar la difusa mentalidad según la cual hay que hacer a las hijas todas las recomendaciones en tema de virtud y sobre el valor de la virginidad, mientras que no sería necesario a los hijos, como si para ellos todo fuera lícito (S. h. 111).

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