19 Apr
19Apr

                                                                                            Introducción

Una de las panes fundamentales del Séder pascual judío era la Haggadá o relato referido al capítulo 12 del Éxodo en el que se narra la salida de los israelitas de Egipto y la celebración de la primera Pascua. Su inclusión en la liturgia de esta noche viene dispuesta expresamente por la Escritura: “Y cuando el día de mañana te pregunte tu hijo: ¿qué significa esto?, le dirás: “Con mano fuerte nos sacó Yahveh de Egipto, de la casa de servidumbre…” (Ex 13, 14)”

Este relato de carácter didáctico es realizado por el padre o, en su ausencia, la persona que desempeña la autoridad dentro de la comunidad familiar o del grupo celebrante. Es la respuesta a las preguntas de los más pequeños y constituye toda una catequesis cuya finalidad es transmitir la fe a la próxima generación.

Estas preguntas reciben en hebreo el nombre de “Ma Nishtaná“(“¿Qué hay de diferente… ? “). Su forma y contenido han variado con el paso del tiempo. En principio son cuatro preguntas fijas a las que se añaden las interrogantes espontáneas derivadas de la curiosidad infantil.

Ya en antiguos textos judíos como la “Misná” (colección de tradiciones que recogen la Torá oral) o la ”Mekilta de Rabbí Yismael”, las cuatro preguntas fijas del canto infantil se relacionan con los cuatro tipos de hijos y las cuatro actitudes diferentes que los participantes en la Pascua pueden mantener ante el paso salvador de Dios.

Basada en esta antigua tradición judía, sin ninguna duda plenamente válida para una catequesis cristiana actual sobre la Pascua, se desarrolla a continuación un breve comentario dirigido a los protagonistas más jóvenes de esta celebración fundamental para la fe.

Valga añadir que el hecho de que un niño haga una pregunta determinada no implica que se identifique con la actitud que la misma manifiesta. Es fácilmente comprensible que la finalidad de este diálogo es ayudar al entendimiento de los misterios y significados que contiene la Pascua.


¿Por qué esta noche estamos levantados?

A los niños que hacen esta pregunta, lo que más les llama la atención es el hecho de estar levantados y no acostados en la cama como es habitual a esas horas de la noche.

Estar despierto, de pie, levantado, es una postura normal en aquellos que sienten la proximidad de algo importante.

Basta con fijarse en el patio de cualquier colegio el día en que se inicia un nuevo curso. Será difícil encontrar un solo niño que permanezca sentado. La emoción y los nervios hacen que todos griten, corran y salten sin parar.

¿Qué niño permanecerá echado en la cama durante la mañana de la fiesta de los Reyes Magos?

Es imposible descansar o tumbarse cuando sentimos que algo maravilloso se acerca. Nuestra alma obliga al cuerpo a estar atento.

Cuando alguien se encuentra sufriendo o sumergido en la tristeza no tiene fuerzas ni para permanecer en pie. No quiere levantarse de la cama; prefiere estar tumbado. ¿Habéis escuchado esta palabra? “Tumbado”  ¿Os dais cuenta de que “tumbado” viene de tumba? ¿Y quién está en la tumba? ¿No es acaso el que está muerto, aquel que no tiene vida?

La fe no puede tumbarse. La fe nos mantiene levantados porque sabe que se acerca la Pascua. Es el mismo Jesucristo quien viene a nuestro encuentro para hacemos sentir la verdadera felicidad. Es el mismo Jesús resucitado de la “tumba” quien se acerca para demostramos su amor.

¿Por qué hemos ayunado?

Esta es la típica pregunta de los que viven la Pascua enfadados. Es la duda de los rebeldes.

Durante las horas anteriores a la Pascua, la Iglesia proclama un ayuno en el que se nos invita a participar a fin de estar bien dispuestos para la fiesta y el banquete pascual que disfrutaremos durante la madrugada del Domingo de Resurrección.

El ayuno hace sufrir .al cuerpo: el estómago molesta, las piernas se cansan, aparece un gusto desagradable en la boca. ¿Por qué tenemos que pasar este mal rato? En esta pregunta van incluidas muchas quejas, pero todas se podrían resumir en una sola: ¿Por qué tenemos que sufrir?

Es la gran duda de los que se creen listos y los sabios Cuando hacen la pregunta no les interesa para nada la respuesta que se les pueda dar. Lo que quieren en el fondo es interrumpir de una vez el ayuno para que les deje de molestar el estómago. Como quienes hacen esta pregunta son muy inteligentes, ellos mismos han encontrado la solución al problema: el ayuno es una exageración que no sirve para nada. No es necesario hacer cosas tan dolorosas y molestas para participar en la Pascua. ¿No repetimos continuamente que la Pascua es una fiesta7 ¿A qué viene entonces pasarse toda la noche con esa sensación tan desagradable causada por el ayuno? ¿No sería mucho mejor acudir a la Pascua bien cenado y con el cuerpo entonado? Todo lo demás es fanatismo y sacar las cosas de quicio.

Los que así piensan, los que así sienten, no tienen ningún interés por nada: ni Abraham, ni el Éxodo, ni las promesas, ni la cruz, ni los cantos, ni la resurrección… Lo único que interesa es que todo vaya rápido y que la iglesia esté caliente. Cuanto antes acabemos, mejor. Fuera sufrimiento, fuera pruebas, fuera todo. ¿No es una estupidez sufrir a lo tonto cuando se puede evitar de una forma tan sencilla?

¿Por qué esta noche esperamos?

Esta es la pregunta de los resignados, de los que viven la fe como un montón de mandamientos que hay que cumplir a la fuerza, sin alegría, sin entusiasmo, sin esperanza. ¿Qué nos puede traer la vida que ya no conozcamos? ¿Qué diablos esperamos de la Pascua si ya nos lo sabemos todo de memoria? ¿Es que por casualidad se van a solucionar nuestros problemas después de estar rezando o escuchando los mismos rollos durante tanto rato?

Ese niño está triste porque no es lo suficientemente listo. Aquél, porque no es lo suficientemente guapo. Este otro porque no se lleva bien con su padre. Aquél de camisa azul porque nadie le hace caso. “Pues yo te aseguro -dice el niño que hace esta  pregunta- que después de la Pascua ni el tonto va a ser más listo, ni el feo más guapo, ni el padre del otro muchacho va a cambiar, y ese que estaba sólo va a seguir exactamente igual”.

Para ser tan jóvenes, estos niños ya saben que no hay otra solución más que aguantarse y fastidiarse. La lección se la saben muy bien: Jesucristo ha sufrido mucho por los pecadores, ha muerto y ha resucitado. Pero es que Él era Dios y Dios es muy bueno y muy fuerte. Y Él está en el cielo pero nosotros tenemos que vivir en la tierra. Es cierto que a veces ayuda algo, pero a quien le toca la china, que se aguante.

Este niño, al igual que los listos que siempre están enfadados, no canta, ni pide, ni toca instrumentos, ni hace nada. El listo porque está en rebeldía. Éste, porque le da todo igual. Cumple lo que se le manda para que Dios no le castigue. Y se acabó.

Los que preguntan “¿qué esperamos?” es porque se asombran de que a estas alturas todavía haya alguien que mantenga la esperanza de que las cosas cambien, de que la felicidad y la vida verdadera aun sean posibles.

¿Por qué esta noche estamos levantados, hemos ayunado y estamos esperando?”

Ahora les toca el tumo a los que todo les llama la atención porque ni se han esmerado, ni entienden nada de lo que sucede a su alrededor.

Si estos niños en vez de personas fuesen animales, se les podría comparar con una tortuga. Tienen un caparazón duro como el cemento; se meten dentro y se apartan de todo lo que les rodea.

En su cabeza sólo habita un pensamiento: “Dejadme en paz”. ¿A qué viene tanto jaleo? Yo no comprendo nada, ni me interesa nada. No quiero que me molestéis.

Es fácil que quienes tienen esta actitud tan apática, hayan pasado en las hayan pasado en las Pascuas anteriores por todas las formas posibles de estar: primero, por la del niño rebelde que no quiere sufrir y después por la de aquel otro que no tiene esperanza. De esa forma ha acabado por no fiarse de nada ni de nadie. Él va a su aire y tal como entra en la celebración, sale de ella.

Emiliano Jiménez Hernandez


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